Diciembre 5 de 2009
A seis meses de la tragedia en Hermosillo, Sonora, que asesinó a 49 niños y niñas menores de cuatro años y marcó de por vida el cuerpo y la mente de muchos más, la cólera me sigue y persigue como la soledad, me invade y obsesiona, me desvela... Todos en este país de pacotilla hemos pagado el costo humano de aquel infierno; todos, con excepción de sus causantes, autores materiales o intelectuales de genocidio; todos, insisto, menos los responsables, directos o indirectos, por negligencia criminal o algún lazo en la red, igualmente criminal, que es el tráfico de influencias, la complicidad como sistema que hace posible tanta impunidad; impunidad que se ríe del llanto, que goza con el dolor ajeno, impunidad que siempre gana, pierda quien pierda y tenga la magnitud que tenga nuestra pérdida. Esta ocasión me recuerda la felicidad navideña de 1997, aquel invierno trágico llamado por Samuel Ruiz "la navidad más triste de nuestras vidas", cuando la masacre de Acteal fue motivo de festejo, de brindis a la salud de la muerte por los genocidas paramilitares, sus patrocinadores del ejército federal y todas las corporaciones de policía, incluida la banda paramilitar más grande que hay en México y se llama Policía Federal Preventiva y es una horda vandálica de violadores; en el palacio de gobierno hubo intercambio de regalos y abrazos, y muchas risas, mientras una mujer inundaba de lágrimas la plaza catedral en San Cristóbal de Las Casas. Hasta en Radio Educación estaban jubilosos por las fiestas decembrinas y Paco Huerta se puso espléndido con una acreditación por seis meses como "colaborador" de Voz Pública y la fabulosa cantidad de 600 pesos por mis colaboraciones más recientes, mientras yo estaba que me llevaba la chingada porque no había salidas a Chiapas en esos días. Cuando finalmente llegué a vivir en carne propia la pesadilla de Chenalhó, resultó que el generoso cheque de Paco Huerta no tenía firma... La navidad de aquel año en Los Altos fríos de Chiapas no era más que tristeza en abundancia, miseria y sufrimiento a la intemperie, tensión y trauma desoladoras. Las cuatro noches que pasé en Polhó amanecieron con la noticia de un bebé muerto que ya habían enterrado; sus madres no tuvieron más leche con qué alimentarlos. Una mujer del campamento civil encontró a varios niños escondidos en una cueva con su madre, que no podía salir porque el frío había entumido sus piernas y fue necesario rompérselas. "De puro espanto es la parálisis de tu pueblo", me escribió alguien en Facebook desde el otro extremo del continente con un tino estrujante. Alguien más, entre las voces de profunda indignación que se han alzado por la tragedia en Hermosillo, atinó al señalar que las únicas leyes que se hacen valer en México son la ley de la gravedad y la de Herodes; no recuerdo si mencionó también la del embudo, que para efectos de impunidad es lo mismo, y de ahí que Alejandra Guzmán obtuviera por sus nalgas estropeadas la justicia que los padres y las madres de los niños y las niñas calcinad@s el pasado 5 de junio reclaman todavía. Mientras estas familias demandaban que la Suprema Corte de Justicia de la Nación atrajera su caso, los ministros se iban de vacaciones y, al regresar, exoneraban a los autores materiales de la masacre de Acteal. ¿Será posible algo peor, algo más aberrante y abyecto?
A seis meses del infierno en Hermosillo, sigue ardiendo la sangre, al menos en mis venas, en esta herida abierta de la que mana incontenible una cólera incendiaria. Todos en el país de no pasa nada hemos pagado el precio de que así sea; todos, cabe reiterar, salvo los genocidas y sus cómplices. El imperio de la impunidad causa delirios. Al cerrar los ojos encuentro al chacal Ulises Ruiz gritando: "¡Quiero muerto a ese cabrón!" Al abrirlos, El Precioso y Kamel Nacif brindan con "una botella de coñac dispuesta a lo que quieras, porque tú eres el héroe de esta película, papá". Vuelvo a cerrarlos y veo en las tinieblas al chacal Miguel Nassar Haro con un martillo y una caja de clavos, quebrando todas las articulaciones de un joven atado a una silla. Al abrirlos, Felipe el espurio lo condecora y guiña con Elba Esther Gordillo, que "enseña" impúdicamente una lengua reptiliana...
(Continuará...)
Diciembre 2 de 2009
En marzo de 2003 recibí la llamada telefónica de una mujer encantadora y vital, de cálida voz y acento norteño, contrastante con la mayoría de la gente insípida y plana que trato cotidianamente. "¿Señor Rincón? Buenas noches. Llamo de parte de Rosario Ibarra, soy su hija y ella quiere comunicarse con usted, pero su teléfono está ocupado todo el tiempo y me pide que marque desde aquí para que la operadora le diga que por favor cuelgue". En plena organización del primer concierto maratónico frente a la embajada gringa, yo había desocupado el teléfono por un momento, así que no fue necesaria la intervención de la operadora; había sido en vano llamar del Distrito Federal a Monterrey y de Monterrey al Distrito Federal. Ni modo... Este curioso triángulo comunicacional era de recurrencia trotskista, o sea, doblemente curioso, y yo lo conocía desde que fundamos el Frente Electoral Socialista en 1991. Llamé pues ipso facto a Rosario Ibarra que, rebosante de ímpetu y energía como siempre, justificó de entrada su gasto en llamadas de larga distancia: "Cuando hay que hablar con alguien porque se trata de algo importante, se puede, cueste lo que cueste, ¡qué caray!" Y de ahí pasó efusivamente a decirme cariño, corazón, querido, ¡mi amor! Híjole. Confieso que, además de halagarme, tanta efusividad me incomodó un poco, pero lo disimulé, al menos lo intenté, y acordamos su adhesión personal y la del Comité Eureka al pronunciamiento que yo había redactado contra la barbarie imperialista en Medio Oriente. No era la primera vez que Rosario Ibarra suscribía una iniciativa mía; lo había hecho desde 1988, cuando El Chupacabras inventó la Dirección de Inteligencia y designó a Miguel Nassar Haro como titular. En aquel entonces logramos la desaparición de esa dependencia y el regreso del criminal personaje que debía estar en la cárcel a la vida privada, aunque la imbecilidad sin límites de La Jornada cabeceó nuestra carta como "apoyo a Teresa Jardí". ¡Carajo! Desde entonces padecí durante más de veinte años la estúpida soberbia y la soberbia mezquindad de La Jornada, pero siempre conté con la firma de Rosario Ibarra, que además me devolvía la llamada (hasta que el número telefónico de su casa pasó a ser el de una compañía financiera de nombre buena onda: Te Creemos).
-Has de pensar que soy una confianzuda por hablarte así, pero después de tantos años, aunque ya estoy viejita, espero que tú también lo hagas.
-No solo nos conocemos desde hace años, sino que seguimos siendo compañeros de lucha y eso, para mí, es más importante.
Un sexenio después de que se apersonara en el tercer concierto maratónico frente a la embajada gringa, nos saludamos con la familiaridad de siempre, ahora frente a la representación del gobierno de Sonora en el Distrito Federal y, salvo porque tengo menos pelo en la cabeza y ella más arrugas en la cara, parecía que la relación no había cambiado; me dio gusto confirmar que es una mujer incombustible, enérgica y energética, pletórica de vitalidad y coraje, como quisiéramos ser algunos comparativamente jóvenes. Hablamos hasta donde nos permitía la ocasión (es decir, muy poco) sobre los desaparecidos políticos en México a partir de una idea mía y acordamos continuar la charla en extenso. Me dio un número de teléfono en el Senado porque no recordaba su dirección electrónica ni su agenda para los próximos días. "Tengo diez asistentes", dijo con orgullo provinciano. "Voy a decirles que vas a llamar para que te digan cuándo nos vemos allí". Ese día era sábado 4 de julio, así que llamé el lunes siguiente en la tarde y contestó una mujer de neuronas sumamente escasas, cuyo nombre ignoro deliberadamente. Por instinto, percibo de inmediato cuando alguien asume la ignominiosa labor de hacer inaccesible a otra persona, labor que le otorga un miserable poder porque, no obstante su demás miseria, tiene acceso a quien otros no. Con el fin primigenio de impedir que yo hablara por teléfono con Rosario Ibarra, su asistente o lo que sea sugirió que llamara al día siguiente porque la señora se apersona en las mañanas regularmente unas dos horas, nada más. "¿A qué horas?", pregunté. "Como a las diez", contestó la asistente o lo que sea. "¿A esa hora llega o se va?", pregunté de nuevo. "¡Ay, señor!", exclamó la mujer. "Yo no le puedo decir a qué horas llega y si va estar aquí dos horas o más". Este intercambio es textual y terminó además con las palabras "señor delegado" ¡Sic! La pendeja (perdón por escribir este adjetivo... con minúsculas) creyó que yo era representante del gobierno de Sonora en el Distrito Federal.
En la primera de las incontables llamadas que hice al mismo número, porque siempre me negaron uno directo, pedí la dirección electrónica de Rosario Ibarra; le envié los pronunciamientos públicos sobre la tragedia del 5 de junio en Hermosillo y sobre la Cineteca Nacional; llamé para preguntar si ya los había leído y si contábamos con su firma o no. Contestó entonces otra mujer, prepotente y soberbia, y me sugirió que llamara al día siguiente, como siempre. Para evitar más pérdida de tiempo, le propuse que me respondieran por correo electrónico. "¡No!", espetó la asistente o lo que sea. "Nosotros no confiamos en eso". Textual. Nomás le faltó agregar: "Somos tan chingones que desconfiamos de la modernidad". Si el equipo de Rosario Ibarra no está mínimamente a la altura del tiempo que vivimos -reflexioné- y ella preside la Comisión de Derechos Humanos en el Senado de la República, esa Comisión en particular y el Senado en general han de ser un obstáculo para la República. Después de muchas llamadas más, obtuve por respuesta que la senadora "nunca firma nada que no haya escrito ella". Unos diez textos escritos por mí y firmados por ella han de ser entonces mitos geniales. Como corolario de la pequeñez burocrática, inversamente proporcional al tamaño de la estupidez prepotente y soberbia, inflamada cual papada grotesca de sapo, al cabo de tres semanas de llamar todos los días hábiles (habilidad habitual a ser filtro abyecto y disfuncional), la mujer de neuronas sumamente escasas preguntó mi nombre tres veces consecutivas, como dopada, como embrutecida su mente débil por alguna droga demasiado fuerte para ella, y en seguida salió con que Rosario Ibarra no conocía a nadie llamado Iván Rincón (obviamente, si no podía transmitir un nombre dicho a su oído durante tres semanas, procedía decidir que la destinataria no lo conocía). La honestidad requiere de un mínimo de capacidad mental que la gente frecuentemente no alcanza ni se entera y le interesa un carajo. "Estoy seguro de que si ella -le dije a su asistente o lo que sea- me contestara, no sería necesario decir mi nombre más de una vez".
En un ejercicio de tolerancia autodenigrante, aporté suficientes referencias como para que una memoria muerta reviviera; rebasé mis propios límites, dando currículum y hasta biografía, pero todo era inútil, cualquier esfuerzo mío, por grande que fuera, estaba destinado al fracaso. En uno de los momentos más representativos del ínfimo nivel al que estaba condenada la interlocución, me remití al Frente Electoral Socialista, cuando postulamos a Rosario Ibarra como candidata al Senado por el Distrito Federal. "Rosario fue candidata a la Presidencia dos veces y diputada; yo fui su suplente", presumió la necia. "La conozco desde hace treinta años y sé su trayectoria".
-¿Y no sabe que fue también candidata dos veces a senadora? -pregunté.
-No, esta es la primera vez -contestó la necia.
-Es senadora por primera vez, pero antes fue candidata dos veces.
-Ah, pero cuando usted dice no llegó.
-Dije que fue candidata...
Nefasto episodio, como pesadilla que urge olvidar, más que desahogar aquí (así sea en resumen, por consideración a los lectores, inclusive a los masoquistas). Cuando el contrincante es de nivel muy inferior, tanto en un combate de karate como en una partida de ajedrez, quizá logre subir un poco, pero el otro siempre baja, desciende, se degrada, empequeñece. Lo mismo ocurre en las pláticas o discusiones, o intercambios verbales que no alcanzan la categoría de pláticas o discusiones, con gente infrahumana, descerebrada y deshonesta por condición, que infesta los círculos políticos, los ámbitos del poder... A estas alturas de la vida, ya no debería sorprenderme, por ejemplo, que una diputada nunca jamás haya leído un libro, que para eso sean los asesores y resulten muchas veces (demasiadas siempre) la misma basura, la misma bazofia, la misma basca.
El tedio que han de padecer los lectores de este blog no es ni la décima parte del mío, pero el tiempo que perdí es el mismo que perdieron las mujeres que padecí, con la diferencia de que ellas lo repartieron, compartieron la pérdida, que para ellas no lo es, porque les pagan... Ignoro cuánto les paguen, pero lo que sea es mucho. Ignoro también qué ha hecho la Comisión de Derechos Humanos en el Senado de la República por la presentación de los desaparecidos políticos en México y la pena que merecen los autores de crímenes como el genocidio y la desaparición forzada de personas, pero después de tratar con la gente que traté y de buscar información como el obseso insomne que soy, sospecho que vende su tácita complicidad. Si Rosario Ibarra tuviera todavía un ápice de vergüenza, por más mierda que la inunde, sacaría la cara y se comunicaría conmigo por escrito, vía correo electrónico, porque es más fácil actualizarse técnicamente a cualquier edad que asimilarse al sistema social, su régimen político y su aparato perjudicial, después de una vida luchando, en un país donde el poder, sea legislativo, ejecutivo, fáctico, económico, formal, delincuencial... está podrido y pudre todo lo que toca. Los árboles mueren de pie, como vivieron, y también las mujeres y los hombres que se dan por entero, porque son de una pieza, en la pelea difícil y desigual, que por momentos parece imposible de ganar, contra los peores enemigos de la humanidad, que siguen impunes, al amparo del descarado secuestro del país por una mafia de parásitos apátridas, que no serían nada sin las fuerzas armadas y la pasividad de la sociedad civil.
"Cuando hay que hablar con alguien porque se trata de algo importante, se puede, cueste lo que cueste, ¡qué caray!" ¿Te cae? Quizá dejé de querer entonces desde que la escasez neuronal me hizo ver por qué yo tampoco tengo patria...
Noviembre 28 de 2009
I
Yo practicaba karate en la oscuridad a las nueve de la noche, camuflado entre las sombras sobrepuestas de los árboles. Ella sondeaba la penumbra, la tenue luz de los faroles y el reflejo de la luna filtrada por el ramaje y el cableado eléctrico, mientras se hacía una cola de caballo con su cabello; vestía mallones negros, y un pequeño morral pendía sobre su cadera. Al llegar el turno de mis abdominales, caminé unos segundos a sus espaldas y portentosos glúteos y muslos; ella volteó instintivamente y yo fingí indiferencia; hice veinte escuadras consecutivas que suelo hacer de diez en diez, como si esta vez las hormonas me hubieran estimulado; ella también fingió indiferencia y se arremangó los mallones, dejando al descubierto unas pantorrillas musculosas de tamaño proporcional al resto de su cuerpo; subió por un tubo hasta lo más alto como quien trepa una palmera para arrancar cocos y su espectáculo resultó indescriptiblemente cachondo, anatómicamente inquietante. Calculé que tendría la mitad de mi edad y por lo menos cinco centímetros más de estatura. Es quizá lo mejor que podría ocurrir en este momento de mi vida, pensé, pero en seguida volví a la soledad resignada; saqué del carro unos chacos negros de esponja tatuada con dragones dorados y, en el camino de regreso a las sombras de los árboles, una desinhibida voz gritó: "¡Yo hago kendo!". La continuación de este relato ya es canción: Y nos dieron las diez y las once, las doce y la una y las dos y las tres...
II
Llegué al parque de Copilco a mitad de la noche; guardé la llave del carro en la bolsa de la calceta y percibí una fétida presencia. "Vámonos de aquí", dijo mi otro yo y, al voltear, me encontré con mi propia sombra y un perro de raza peluda y enana, evidentemente sucio. Me alejé del gimnasio de metal con piso de cemento al aire libre sin respirar por el pasillo que surca el pasto bajo los árboles. Mi sombra caminó en silencio detrás mío y atrás de ella el hediondo perrito; mi sombra lo ignoró o, como quien dice, le hizo el feo, hasta que la otredad, quizá más inteligente que instintiva, se apartó de nosotros, dejando un rastro postrero de su pútrido tufo. "Se me hace que eres tú", le dije a mi sombra y me acerqué a olerla mientras ella movía la cola entusiasmada; entonces advertí que no tenía olor y la pestilencia canina se dispersaba. Comencé mi ejercicio, y mi sombra se echó al pasto, en donde parecía dormir o dormitar, pero cuando llegué a la rutina de saltos, se emocionó y echó encima de mí, ensuciándome de lodo. "No, no hagas eso", le dije, señalando su cara con el dedo en un tono de autoridad amenazante y, en cuanto le di la espalda, me mordió una nalga. "¡Cálmate!", grité al girar de tal modo que mi sombra presintió una patada que yo todavía ni siquiera pensaba y se alejó varios metros en un segundo. Continué mi ejercicio hasta que vi a mi sombra jugando con la botella de agua que yo había dejado lo más alto posible para que no estuviera al alcance de los perros. "Pinche sombra", pensé, y la llamé con un aplauso; ella corrió hacia mí y dejó a mis pies la botella de agua. "Mira cómo la dejaste", reproché. "¿No te da pena?" Y mi sombra ladró por primera vez desde que llegué. "Eres una sombra muy sucia", le dije, y me respondió con una mordida en el muslo. "Ah, te gusta jugar sucio", comenté, y mi sombra se echó encima de mí por segunda vez, embadurnándome de lodo. "Qué sucia eres", le dije. "Vete a jugar por allá", y sorprendentemente obedeció... Cuando regresé al coche para irme, lo hizo también mi sombra; parecía pedirme que la llevara conmigo, pero en donde vivo no hay espacio para una sombra más, así que la dejé allí, un poco triste.
Noviembre 19 de 2009
23:00
Al bajar, me encuentro en las escaleras con el desadministrador del edificio y su hermana. "Ya te demandé", le digo. "Ah, ¿sí?", pregunta. "Sí, por quitarme el agua", respondo. "Ah, ¿sí?", vuelve a preguntar. "Sí, y por dejar basura en mi puerta", agrego. "Ah, ¿sí?", pregunta de nuevo. "Sí, y si me siguen chingando les voy a romper la madre a los dos", remato. "Ah, ¿sí?", pregunta por cuarta vez. "Pues yo te la voy a romper a ti", fanfarronea. "A ver, pendejo, quiero ver que lo intentes", le digo dando un paso hacia él, sin dejar más distancia que la indispensable para impulsar un cabezazo en la cara o un rodillazo en los bajos. "No tengas miedo", le dice a su hermana, una bestia abominable. "No te espantes". Y la empuja hacia mí. Ella pasa a mi lado y murmura: "Si tanto le molesta vivir aquí, ¿por qué no se cambia?"
-¿Por qué no se van los dos a chingar a su madre? -pregunto a mi vez-. ¿Por qué no chingan mejor a su madre? ¿No tienen? Yo me quedo y ustedes se van a la chingada. ¿A dónde prefieren que los mande? ¿A la cárcel o al hospital?
-¿Qué quieres? -pregunta él.
-Aplastarte la cara, cucaracha -respondo sin levantar la voz para no alertar a otros vecinos.
El monigote palidece y usa como escudo infrahumano al adefesio. "No le hagas caso", le dice...
Creo que debería darle, por lo menos, un empujoncito, para verlo rodar por las escaleras, pienso, pero nomás lo pienso y me contengo.
23:30
Escucho unos pasos detrás de mí y volteo. Un policía preventivo se aproxima entre las sombras del parque, ametralladora en mano. "¿Qué haciendo?", pregunta. "Ejercicio", contesto. "¿Me enseña una identificación, de favor?", vuelve a preguntar. "No", contesto de nuevo. "¿Por qué no?", pregunta otra vez. "Porque está en el carro", contesto a mi vez.
-¿Dónde está su carro?
-Ahí...
El policía observa el coche y yo su ametralladora. "¿Qué es eso?", pregunto. "Un arma", responde.
-¡Ya sé que es un arma! ¿Pero qué... es una ametralladora?
-Algo así.
¿Qué, estamos en guerra?, pienso, pero nomás lo pienso y me contengo.
-Sólo tenga cuidado -me aconseja el guardián del orden, dirigiéndose a su puesto de combate.
01.45
De regreso a donde "vivo", por llamar así a lo que hago cotidianamente, encuentro un mensaje del desadministrador del edificio pegado con cinta adhesiva en la pared de cada piso. Con puras mayúsculas subrayadas y una sintaxis garrafal, el texto puede resumirse así: "Me dijo mariquita y ya no le voy a prestar mis muñecas".
Vaya noche, comenta mi otro yo, y una suerte aleatoria de la memoria me recuerda la frase de una niña en El Correo Ilustrado: "Piensa, Bush, nomás te estoy mirando".
Noviembre 2 de 2009
Delirio insomne
I
No atendí a la canción de la calle porque era un bodrio repetitivo, enajenante... pero el mundanal ruido que hago en mi departamento para ventilarlo y "purificarlo" parecía contener el estribillo del estribillo, ritornelo del ritornelo: "Y amándote, y amándote, y amándote". Obviamente, yo pensaba en otra cosa, pero el eco perdido, fundido y confundido en el aire saturado no cesaba: "Llamándote, llamándote, llamándote". Había que tolerar por más tiempo el pandemonio para repeler la pestilencia, una contaminación contra otra, mientras la imaginación trocaba en obsesión el aturdimiento, lo dibujaba, le daba color y relieve, lo esculpía y ponía en movimiento. Un yo vampírico cerraba los ojos y tocaba su frente, "llamándote, llamándote, llamándote". Ahora piensa en mí, ahora no pienses y solo ven a mí. Acude a este llamado, este de mi deseo, este de tu sangre. Déjate llevar y seducir por mi poder telepático. La telepatía requiere de una profunda concentración, que es lo más lejano entre tanta agresión como para anular la sensibilidad del menos aguzado. "Llamando té, llamando té, llamando té". No es casual que sean canciones de ofensiva simpleza las que lleguen a la mente cuando el entorno es opresivo y estresante y le impide pensar, no digamos crear; la capacidad imaginativa degenera, quizá como defensa instintiva de la reducción; quizá la monotonía es un precarísimo recurso de la memoria, como tabla de náufrago... ¡Basta ya de hostilidad que de tan cotidiana termina siendo normal! ¡Basta de invadir mi soledad! En la desesperada búsqueda, urgente y emergente, del silencio que no existe, una voz siguió "llamándote y amándote y llamando té". Logré conciliar el sueño a las cinco de la mañana, como siempre, sin llamar a nadie, sin amar a nadie y sin té; mi cerebro no produce melatonina suficiente para dormir de noche; necesito además tapones para los oídos y una máscara antigás...
II
Quisiera enterrarte una vez más, que seas palabra escrita en la arena de la playa, grito en los médanos del desierto, mensaje borrado y barrido por el viento, esparcido por el aire; quisiera abandonarte al pie de la eternidad, en las tinieblas de la memoria, donde yace la tragedia convertida en mentira, enmascarada, mimetizada con todo y, sobre todo, nada... tu recuerdo sepultado sin lápida ni cruz, carcomido "por la voracidad implacable del olvido", aplastado por el paso de las horas y los años, confundido con el rumor de las olas y el naufragio de barcos fantasmas. Que así sea, "fea como la soledad de los enfermos".
No era verdad que la bruja se vistiera de rosa, ni que el payaso borracho durmiera la mona. El viejo del costal no buscaba golondrinas en la esquina, sino a los niños que mataron a pedradas a su gato para arrancarles ojo por ojo y diente por diente, como ellos arrancaron de raíz las alas de su propia inocencia y quemaron vivo al sueño de vivir el sueño de vivir... La bruja no era bruja, sino travesti, y el payaso borracho camina dando tumbos por las calles del Desierto de los Leones, en donde no hay desierto ni leones, y sus lágrimas no son de cocodrilo ni de plañidera, sino de replicante; llora, gime, balbuce y balbucea; farfulla que todo es culpa de los judíos, que los gringos le robaron la idea, que los demandará por plagio. Que así sea.
III
A unas cuadras de mi destino, enfrascado en un embotellamiento exasperante que me había retrasado hasta entonces más de media hora, miré por el espejo retrovisor en el instante que la pareja del coche de atrás se abrazaba candorosamente y una de ellas besaba los ojos de la otra y la otra acariciaba el cabello de ella. Muy jóvenes, una morena y delgada, la otra blanca y un poco robusta, no dejaban de tocarse y sonreír, y confirmaban en la práctica mi teoría de que las mujeres bellas, cuando se aman, suman y multiplican su belleza. Los carros avanzaban unos metros y la pareja se separaba, pero una seguía acariciando la mejilla de la otra y la otra parecía acariciar con su mejilla la mano de ella. El tráfico se detenía por completo y las mujeres volvían a abrazarse. La lentitud vehicular me permitió verlas casi permanentemente. En algún momento (el mejor, para mi gusto) se besaron en la boca, interrumpieron el beso para decirse algo que les hizo reír y siguieron besándose. Por lo visto, no les importaba el tráfico ni les afectaba el ruido de los cláxones; su mundo estaba dentro del carro, feliz y enamorado, reducido al contacto recíproco entre ellas y nadie más. El exterior caminaba a paso de rueda y yo me dejaba contagiar por la energía relajante de los arrumacos, los besos, las caricias, los abrazos, las miradas que también son caricias... ¿Cuál es la prisa? El mundo tiene cosas buenas, a pesar de todo.
IV
Y fueron felices hasta ese instante.
V
He ahí mi obra, mi creación. He ahí el resultado terminal de noches enteras en vela, pensando qué escribir. Después de navegar a la deriva en las tórridas aguas de la imaginación, mi búsqueda llegó a buen puerto. Amainó la tormenta y conocí la claridad al nacer esta historia de amor apasionado, ardiente, delirante. Con la satisfacción de ver traducido mi empeño en algo acabado, por fin podré dormir. También yo estoy acabado, pero recuperaré la vitalidad con el sueño... el sueño de un lugar en ninguna parte.
Octubre 29 de 2009
La gloria del bastardo
Quentin Tarantino es técnicamente infalible y eso lo hace seductor, pero eso hace del cine que hace una delicia aberrante, porque lejos de ser el genio que muchos cinéfilos ven, Tarantino es un demente... «Sórdido presagio», podría llamarse cualquiera de sus larguísimas secuencias que se resolverán en una súbita masacre, paroxística y pornográficamente gore, aunque sin sexo. La técnica impecable incluye una gran audacia que varía en toda su obra nada más lo indispensable para ser siempre la misma. El autor se propone impactar y lo consigue; sabe que el espectador verá sus películas más de una vez y que lo hará a la expectativa del desenlace violento, el más violento posible, que nadie lo supere o por lo menos iguale. ¿Dónde quedó la bolita? ¿En qué momento entró un cuchillo al cuello? ¿Quién mató a descuartizador?
A diferencia de Tarantino, la mediocridad de Bratt Pitt nunca sorprende a nadie; aquí hace una burda imitación de Marlon Brando en el papel de El Padrino; mientras tanto, los vuelos de gran diva que Tarantino otorga a sus personajes femeninos tienen un efecto de búmerang; la sobreactuación parece otra imitación: Diane Kruger parece imitar a la también mediocre Demi Moore, y Mélanie Laurent parece una copia sin artes marciales de Uma Thurman, hasta ahora la creación femenina más sorprendente del director, autor de bodrios nauseabundos como guionista: Del crepúsculo al amanecer, por ejemplo, si acaso tiene algún mérito (además del table dance de Salma Hayek), es encabezar el cine de vampiros como la peor película de todas.
Lo pretendidamente original de Bastardos sin gloria, título de la más fastuosa realización tarantiniana, es que se trata de la Segunda Guerra Mundial en género western, y las palmas se las lleva, sin lugar a dudas ni a discusión alguna, el villano mayor de una película en donde los héroes son además villanos: asesinos seriales con descarnada crueldad al estilo apache, según el mito gringo. Christoph Waltz como detective nazi que se ha granjeado a pulso el mote de «Cazador de Judíos» es el villano por antonomasia: astuto, odioso, amanerado, chaparro y traidor, o sea, astuto, odioso...
El final de apoteosis pirotécnica/incendiaria y sanguinaria también es una audacia, en este caso histórica, pues plantea un desenlace bélico muy otro al que suponemos todos, una emboscada suicida que nadie con un ápice de inteligencia militar permitiría, y un martirologio heroico, estoico y cien por ciento cinematográfico, porque salvo en el fanatismo árabe (musulmán), ocurre nomás en el cine para inspirar la realidad, como lo entendía Goebbels, el ministro de propaganda nazi, autor de la tesis de que una mentira repetida suficientes veces termina siendo verdad, y como parece entenderlo también Tarantino al provocar un desahogo emocional del público judío/cristiano, gringófilo y nazifóbico por consenso multitudinario, que una vez repuesto del impacto vuelve a sufrir, no sin buena dosis de masoquismo, con el epílogo sádico.
The blood is money...
Octubre 15 de 2009
Tan preocupante como el cambio climático es la ignorancia al respecto...
En 2004, un año diluviano, de lluvia incesante, perenne, al menos en la ciudad de la esperanza de que algún día escampara, coincidí con un amigo en el supermercado y, al salir, compartimos paraguas. Algo comentó él acerca del cambio climático, dando por hecho que era la causa del continuo chubasco y que además yo lo sabría. Algo dije entonces de la ignorancia en el tema. "¿Cuál ignorancia?", preguntó. "Si alguien ignora el cambio climático tampoco ha de saber en qué mundo vive". La contundencia de esta afirmación, desgraciadamente acertada, puso de manifiesto la ignorancia de mi amigo sobre la magnitud de la ignorancia que nos rodeaba. Yo había escuchado en Radio Educación a una locutora decir que la lluvia en abundancia era buena porque limpiaba el aire y regaba las plantas. Otra locutora de la misma estación se había referido al calentamiento global como un fenómeno alarmante sin explicarlo; después me enteré de que derrite el hielo y causa inundaciones al elevar el nivel del mar, tanto que puede borrar del mapa terráqueo en unas cuantas décadas a países formados por archipiélagos, como las Maldivas. "¿Cuántos planetas tiene la humanidad?", preguntó esta otra locutora, cual voz de la conciencia pública, pero al llegar el invierno exclamó: "¡Ahora sí hace frío! ¡Qué rico!" Durante aquel invierno, por cierto, el frío mató a una cantidad de gente en Sonora, donde el calor mató a otra cantidad de gente cuatro años después y un incendio mató a 49 niños menores de cuatro años el 5 de junio pasado, tragedias que tienen en común, además de la entidad federativa, menos previsión del gobierno en general y las autoridades sanitarias en particular que negligencia criminal en todo caso.
El 31 de diciembre de 2004 escribí:
Termina un año de tragedias para la humanidad, un año en el que nos familiarizamos con ellas, por ser algo cotidiano, y aprendimos a nombrarlas, una vez más. Palabras como exterminio y masacre, invasión y matanza, genocidio y barbarie, han sido el signo de los tiempos, la constante, lo de siempre, lo "normal", hasta parecer sinónimos de naturaleza humana y hasta que la devastación, el desastre, la catástrofe irrumpe con el nombre de tsunami, ola gigante causada en este caso por un terremoto. Como si no tuviéramos bastante con la ciudad de Fallujah o la región de Darfur, con la escuela de Beslan o la estación de Atocha, la bestia que llamamos 2004 ha dado un coletazo de agonía sobre las costas del océano Indico en doce países de Asia y África, arrasando todo cuanto encuentra a su paso. Como si no fuera suficiente la pandemia del sida y la hambruna, miles de cadáveres al aire libre amenazan con el contagio de su descomposición, es decir, con extender la ola de muerte y destrucción ahora en forma de enfermedades. Como si no resultara demasiado un millón de minas antipersonales en Sri Lanka, el maremoto las ha desenterrado para que naden entre los restos humanos y las prótesis, o esperen bajo los escombros. Vaya un fin de año macabro. Vaya caudal heredado al año entrante... y los siguientes.
Confieso que la ignorancia referida ese año de lluvia sustantiva en la charla con un amigo era la mía y que yo no sabía en qué mundo vivo, efectivamente, y más bien estaba entre quienes se creen bien informados por leer a diario La Jornada. ¡Qué vergüenza! Creerse informado acerca del cambio climático leyendo La Jornada es tan iluso como creerse actualizado en cuanto a cine yendo a la Cineteca Nacional con la mayor frecuencia posible. Ahora lo sé, pero entonces no sabía más que de reuniones en la cumbre del poder mundial para tratar el tema con la reiterada negativa de Estados Unidos, país rebasado por China pocos años después, a reducir la emisión de gases contaminantes y suscribir algún acuerdo que lo comprometa en tal sentido; si esa no era noticia, según el "criterio" de La Jornada, tampoco podía serlo el efecto invernadero, del que yo estaba enterado gracias a la televisión. ¡Qué vergüenza!
Han pasado cinco años de aquel ciclo tormentoso, en el que descubrí que la lluvia era opresiva a mi sensibilidad, seis años desde que dejé de ver televisión y tres desde que dejé de escuchar Radio Educación (este año me divorcié también de La Jornada), así que tengo la suerte de que mi pensamiento no está contaminado más que por el rencor, incluyendo por supuesto y desde luego el que me produce respirar gas y humo de cigarro y cloro y amoniaco todos los malditos días, y el veneno que exhalan todos los medios de transporte urbano, salvo las bicicletas, empezando por los peseros que, gracias al Gran Hermano, subieron las tarifas sin necesidad de invertir ni un peso en la compostura de sus fábricas rodantes de pura contaminación, que son literalmente asesinas, pero gozan de absoluta impunidad, como los lancheros que apestan a gasolina Puerto Escondido, además de quienes queman la basura, o como Granjas Carrol que ha causado un desastre ecológico y un inútil escándalo, o como las bestias que tengo por vecinos, que parecen perseguir el Record Guines de contaminación en un solo edificio, como si no bastara con el ecocidio panista en nuestra delegación política y el ecocidio perredista en la delegación vecina y la mierda canina en Portales Sur, que también es un caso para Ripley...
Este año fue el más caluroso desde hace siglo y medio y, según previsiones científicas, el calor irá en aumento y causará catástrofes cada vez mayores, cada vez más costosas en términos económico-sociales y humanos, cada vez más irreparables, pues la vocación contaminante de la especie humana puede más que la naturaleza sin adjetivos. No son solo corporaciones multinacionales, como suele señalar el estúpido reduccionismo de los ecologistas demagogos, las responsables de este caos, esta crisis continua que heredaremos a las generaciones venideras en los próximos 200 años; lo son también quienes dejan un rastro tóxico al transportarse, quienes acostumbran quemar la hierva seca para hacer nuevamente cultivable la tierra, quienes dejan basura y mierda en la vía pública, l@s imbéciles que fuman hasta en los parques, donde l@s ingenu@s hacemos ejercicio, quienes dejan escapar el gas o la gasolina, el aceite o el diésel, quienes tienen una compulsión frenética por oler cloro y amoníaco y creen que eso es limpieza... todos estos seres insignificantes hacen más daño al medio ambiente que cualquier corporación criminal, que produce bienes de consumo y de paso veneno en cantidades industriales, y destruye el ecosistema, como Granjas Carrol o las empresas de Kamel Nacif, que además explotan a sus trabajadores con la voracidad de una sanguijuela gigante y cuentan con la complicidad abyecta del poder formal prácticamente a su servicio.
En fin. Este año comencé a participar en Blog Action Day (¡ouh yea!), por lo que inscribí el blog y me informé durante los últimos días hasta donde pude, y descubrí el tamaño de mi ignorancia en el tema cambio climático, sobre el cual estamos comprometidos a hablar el día de hoy miles de bloggers o blogueros de todo el mundo. La información que reuní requiere de mucho tiempo más para sistematizarla y asimilarla y escribir algo interesante con ella, a diferencia de este bodrio, que por fortuna termina precisamente aquí. Fin.
Septiembre 16 de 2009
México: el paraíso de la impunidad
(Tercera parte)
El 24 de junio de 1974, el capitán Luis de la Barreda Moreno, entonces titular de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), en una nota encabezada «Grupo Sangre», informó a sus superiores que "tanto en el Puerto de Acapulco como en poblaciones cercanas al mismo, en diferentes lugares han venido apareciendo cuerpos sin vida", con "señales de haber sido torturados". Estos cuerpos "pertenecen a personas conectadas con Lucio Cabañas Barrientos y su gente, que han sido aprehendidos [sic] cuando bajan de la sierra para abastecerse de víveres y otros objetos necesarios para ellos, o bien que sirven de correo entre los remontados y quienes se encuentran en la zona urbana". Según el mismo informe, "las detenciones se ejecutan por órdenes expresas del comandante de la XXVII Zona Militar, con sede en Acapulco, general de división DEM [Diplomado del Estado Mayor] Salvador Rangel Medina, que después de obtener, por diferentes medios, toda la información posible sobre Lucio Cabañas y su gente, les da a tomar gasolina y les prende fuego; posteriormente se les abandona en lugares solitarios, donde aparecen con las desfiguraciones provocadas por las llamas y presentando impactos de arma de fuego".
Cuando Rubén Figueroa Figueroa asumió la gubernatura del estado de Guerrero en abril de 1975 nombró al entonces mayor del ejército federal Mario Arturo Acosta Chaparro Escapite delegado de Tránsito, luego director de la Policía de Acapulco y, posteriormente, jefe de todas las corporaciones policíacas del estado. Aparte de la organización regular de la policía local, Acosta Chaparro formó cuatro grupos bajo su mando: el grupo Chihuahua a cargo del capitán Gustavo Tarín Chávez; el grupo Espindosky, a cargo de José Espindosky; el grupo Chumacero a cargo de Rodolfo Chumacero, y el grupo Caballo, a cargo de Ángel Rodríguez Criollo. Nominalmente subordinado al procurador del estado Carlos Ulises Acosta Víquez, Acosta Chaparro rendía cuentas directamente al gobernador Figueroa y se coordinaba con las zonas militares XXVII (Acapulco) y XXXV (Chilpancingo).
En agosto de 1975 empezaron los llamados «vuelos de la muerte» bajo la responsabilidad de Acosta Chaparro y el entonces teniente coronel de infantería DEM, Francisco Humberto Quiroz Hermosillo, comandante del XX Batallón de la Policía Militar, quienes concentraban a los detenidos en la Base Aérea Militar de Pie de la Cuesta, en Acapulco, los ejecutaban de un balazo en la nuca y, desde un avión Arabat de la Fuerza Aérea, arrojaban sus cuerpos envueltos en bolsas de lona cargadas de piedras al océano Pacífico. Entre el 8 de junio de 1976 y el 7 de enero de 1979 realizaron los últimos siete «vuelos de la muerte». De esta forma desaparecieron a 143 personas, según la acusación que enfrentaron en 2002, cuando habían transitado, en su ascenso a generales, de represores durante los años setenta a protectores del narcotráfico dos décadas más tarde y, ya retirados, eran juzgados por un Consejo de Guerra que integraban los militares Tomás Ángeles Dauhajere, Rigoberto Ribera Hernández, Roberto Badillo Martínez, Carlos Enrique Adam Yabur y Juan Alfredo Oropeza Garnica. En realidad, las muertes o desapariciones forzadas atribuibles exclusivamente a Acosta Chaparro suman más de 200, un 30 por ciento del total que dejó como saldo la «guerra sucia» en Guerrero, según cálculos de Andrés Nájera, presidente del Comité Eureka en la entidad.
Para la DFS, una fuente básica de información sobre la «guerra sucia» de aquellos años en Guerrero era el capitán Gustavo Tarín Chávez, jefe del grupo Chihuahua, en el que participaban sus hermanos Manuel, Othoniel y Alfredo, así como su sobrino Alfredo Tarín Chavira; de ahí que el grupo fuera llamado también Los Tarines, quienes se dedicaron además al asesinato, el secuestro, la extorsión, el robo y la venta de órdenes de aprehensión hasta 1981, cuando concluyó el mandato de Rubén Figueroa y Acosta Chaparro, y fueron expulsados de Guerrero por el nuevo comandante de la XXVII Zona Militar, Ricardo Cervantes García Rojas.
Considerado como el principal brazo ejecutor de Acosta Chaparro y cuñado de Arturo Hernández González, alias «El Chaky» –jefe de sicarios y espías del cártel de Juárez–, Gustavo Tarín era compadre del presidente de la República Luis Echeverría Álvarez. Ingresó en 1963 a la Policía Militar, adscrito a la segunda sección del Estado Mayor de la Defensa Nacional (Inteligencia), de donde fue enviado en el sexenio presidencial de Gustavo Díaz Ordaz a la DFS, policía política secreta comandada por militares al interior de la Secretaría de Gobernación, que encabezaba entonces Luis Echeverría.
En 1968, Tarín Chávez asesinó al panadero Antonio García en la ciudad de Parral, Chihuahua, por un pleito de tránsito; en 1970 fue dado de baja de las fuerzas armadas por el asesinato de Vicente Garrido Villarreal, ocurrido también en Parral y por el cual estuvo preso casi tres años; al salir de prisión se incorporó a la Policía Judicial Federal con nombres falsos; en la segunda mitad de esa década, como sabemos, encabezó el grupo Chihuahua bajo el mando irregular de Acosta Chaparro en Guerrero; a principios de los ochenta ingresó a la Dirección de Seguridad Pública de Veracruz, una vez más a las órdenes de Acosta Chaparro, pero no duró mucho tiempo allí, pues las quejas por su actuación llegaron al Congreso local. De nuevo en Chihuahua, su pésima fama llegó al clímax en 1989, cuando asesinó en plena calle a su hermano Alfredo con un cuerno de chivo y luego hizo lo mismo con otro pariente que lo increpó; además baleó al recaudador de rentas de su pueblo, Rosarito.
Detenido en Estados Unidos por el FBI en 1999 a petición de la PGR, que había iniciado una averiguación previa por su colusión con el narcotráfico apenas un año antes, Gustavo Tarín se acogió al programa de investigación con testigos protegidos por la "justicia" gringa, y el 18 de noviembre del mismo año rindió su primera declaración ministerial en el consulado mexicano de El Paso, Texas. Allí vinculó a Quiroz Hermosillo y Acosta Chaparro con el líder del cártel de Juárez, Amado Carrillo Fuentes, alias «El Señor de los Cielos», quien había muerto en junio de 1997, y confirmó la responsabilidad de ambos militares por los llamados «vuelos de la muerte», en los que implicó también al mayor Francisco Barquín. Capturados el 30 de agosto de 2000, los oficiales fueron consignados por la Procuraduría de Justicia Militar como probables autores nada más de delitos contra la salud, asociación delictuosa y cohecho, aun cuando conocía las dos etapas criminales de sus vidas. El Ministerio Público Militar se basó en los testimonios de Gustavo Tarín Chávez y otros testigos protegidos, como Adrián Carrera, ex jefe de la Policía Judicial Federal, Jaime Olvera, ex agente de la Procuraduría General de la República, Michael Batista, preso en una cárcel de Baja California Sur, y Ramón Bermejo, ex comerciante regiomontano. La consignación estaba sustentada básicamente en once testigos de cargo y dos peritos, algunos de los cuales fueron asesinados.
Al verse en riesgo, la impunidad como poder fáctico ha de haber ejercido una fuerte presión, pues el 18 de marzo de 2002, el Tribunal Militar que juzgaba a los oficiales se declaró incompetente para continuar con el caso; en junio de 2002, la justicia federal civil hizo lo mismo; nadie quería cargar con semejante paquete, hasta que un nuevo fallo emitido por el Noveno Tribunal Colegiado del Distrito Federal resolvió que el Juzgado Segundo de Distrito, de la Primera Zona Militar, en la Ciudad de México, era la instancia competente para enjuiciarlos. El 1 de noviembre de 2002, el Consejo de Guerra declaró a Quiroz Hermosillo y Acosta Chaparro culpables de delitos contra la salud y, en el caso del primero, también de cohecho, y los sentenció a 16 y 15 años de cárcel, respectivamente, así como al pago de una multa de mil 527 pesos, equivalente a cien días de salario mínimo. Los oficiales fueron destituidos de sus empleos en retiro, uno como general de división y otro como general brigadier, y se les inhabilitó por dos años para desempeñar cualquier cargo público, además de perder sus derechos adquiridos por el tiempo de servicio en las fuerzas armadas, lo mismo que a usar uniformes y condecoraciones.
Los testigos acusaron a Quiroz Hermosillo de haber recibido automóviles, joyas y dinero de parte de Amado Carrillo; concretamente, aseguraron que el general poseía una camioneta Chevrolet Suburban modelo 1994, así como un automóvil Mercedes Benz con placas del Distrito Federal 988 HHH, que le regaló «El Señor de los Cielos», y que muchos agentes de la Policía Judicial Federal colaboraban con el capo del tráfico de enervantes como sus guardaespaldas y "mandaderos".
En diciembre de 2002, el fuero castrense libró otra orden de aprehensión en contra de Acosta Chaparro ahora por la ejecución de 143 personas, pero el Supremo Tribunal de Justicia Militar redujo a 22 el número de asesinatos que se le imputaban, aduciendo que la consignación estaba "mal hecha", y después desechó los testimonios de Gustavo Tarín y otros testigos en este juicio, de modo que el general fue prácticamente absuelto del delito de homicidio "por desvanecimiento de datos". Nunca se le juzgó por genocidio ni por desaparición forzada, crímenes que atentan contra la humanidad y son los que cometió, además de secuestro y tortura, entre muchos otros. La llamada "justicia" militar, en honor a su tradicional deshonor, asumió complicidad y se burló de todos, hasta de ella misma como "institución".
Durante 2006, la defensa de Quiroz Hermosillo promovió un amparo ante el Quinto Tribunal Colegiado en Materia Penal del Distrito Federal, que lo validó para reponer el proceso al encontrar diversas irregularidades en las pruebas presentadas ante el Consejo de Guerra. El domingo 19 de noviembre de 2006, alrededor de las cuatro de la tarde, Quiroz Hermosillo falleció en el Hospital Central Militar de la Ciudad de México, víctima de cáncer, a dos meses de internado y atendido por ese mal.
El jueves 28 de junio de 2007, a las tres de la mañana, por su parte, Acosta Chaparro salió del centro penitenciario del Campo Militar Número Uno, en la Ciudad de México, donde tenía seis años y diez meses preso. El mismo tribunal que validó el amparo en favor de Quiroz Hermosillo revocó la sentencia de Acosta Chaparro y lo puso en libertad. Esta resolución, sin embargo, no fue unánime, pues de los tres magistrados, Rosa Guadalupe Malvina y Héctor Lara González determinaron que no había pruebas suficientes para acreditar la culpabilidad del general en retiro por los delitos que se le atribuían. El magistrado Manuel Bárcena Villanueva, en cambio, votó en contra del fallo absolutorio.
El "gobierno" de México, específicamente su poder judicial, permitió que la "justicia" militar se hiciera cargo de este proceso, no en contra de los oficiales acusados, indudables autores de los peores crímenes posibles, sino de las múltiples recomendaciones de mecanismos internacionales en materia de derechos humanos, la más elemental de las materias para la justicia real y verdadera en cualquier país... Era de esperar que Acosta Chaparro fuera entonces absuelto de todo el daño que hizo a la humanidad por seres de su especie, enemigos de la humanidad, pero era de esperar también una respuesta unánime de profunda indignación por parte de la sociedad mexicana, que parece ni siquiera estar enterada, y aprovechándose de eso, como si no bastara con la impunidad, como para confirmar que aquí todo es posible y refrendar su alianza, el poder espurio se permitió al año siguiente condecorar, o sea, decorar con una medalla, al más vivo ejemplo de la vileza y la putrefacción en vida, comparable acaso con personajes como Luis Echeverría Álvarez y Miguel Nassar Haro, en un acto que ofende la dignidad humana y la memoria de las víctimas de la «guerra sucia» en México, incluidas sus familias, y significa el colmo de una gran burla. El usurpador de Los Pinos con un golpe militar, que militariza la vida y la muerte con una compulsión frenética, premió el año pasado al secuestrador, torturador y asesino en masa por su "patriotismo, lealtad, abnegación, dedicación y espíritu de servicio a México y sus instituciones", como llama hoy la más cobarde abyección a la más abyecta cobardía, en este país donde todo está de cabeza.
Septiembre 7 de 2009
México: el paraíso de la impunidad
(Segunda parte)
La «guerra sucia» comienza en México a mediados de los años sesenta con la primera desaparición forzada y, desde entonces, el ejército federal, más que ninguna otra fuerza armada institucional, ha servido para cometer sistemáticamente crímenes de Estado que, además de su autoría, tienen algo en común: la impunidad, articulación indispensable para la continuidad del poder.
Hagamos memoria
El 23 de septiembre de 1965, un grupo de catorce jóvenes del Grupo Popular Guerrillero (GPG), comandado por Arturo Gámiz García y Pablo Gómez Ramírez, ambos profesores rurales y el segundo también médico, asalta el cuartel militar de Ciudad Madera en la Sierra Tarahumara de Chihuahua y la mitad muere acribillada por 120 soldados. Esta fecha es un hito simbólico, pues marca el principio de una época en la que surgen múltiples organizaciones en varias partes del país que tratarán de transformarlo por la vía armada. En dos intentos de reconstruir el GPG con los restos del naufragio y material nuevo, los sobrevivientes del asalto al Cuartel Madera fundan primero el Movimiento 23 de Septiembre y después la Corriente 23 de Septiembre, antes de ser prácticamente aniquilados. Desde el poder ha comenzado también una guerra contrainsurgente que recurre a todos los métodos y todas las prácticas del terrorismo del Estado concebido en la Escuela de las Américas y transmitido como doctrina (estrategia y tácticas) a los militares del continente para que lo apliquen en sus respectivos países con algunas variantes.
En 1966, a pesar de su nombre, la Asociación Cívica Guerrerense (ACG) se transforma en una organización armada, al ser encarcelado su líder, el profesor normalista Genaro Vázquez Rojas, originario de San Luis Acatlán, Costa Chica de Guerrero, después de cuatro años en la clandestinidad desde 1962 y de radicalizarse hasta el extremo desde 1960, cuando es objeto de la arbitrariedad gubernamental que padecen los pobladores de Guerrero en general y particularmente los campesinos.
El 18 de mayo de 1967, en Atoyac de Álvarez, Costa Grande de Guerrero, la policía dispara contra una manifestación pacífica encabezada por el profesor rural Lucio Cabañas Barrientos que protesta por la discriminación a los estudiantes pobres de la escuela Juan Álvarez; cinco padres de familias son asesinados, entre ellos una mujer embarazada, y más de veinte personas resultan heridas en lo que es recordado como «la matanza del 18 de mayo». Lucio Cabañas, el principal blanco del ataque, se refugia en la Sierra Madre del Sur, que estriba con la Costa Grande, y comienza a reclutar allí a campesinos que integran un pequeño ejército guerrillero conocido como la Brigada Campesina de Ajusticiamiento (BCA), brazo armado del Partido de los Pobres (PdlP).
En abril de 1968, dirigida desde la cárcel por Genaro Vázquez, la ACG se fusiona en Chilpancingo con la Liga Agraria Revolucionaria del Sur Emiliano Zapata, la Unión Libre de Asociaciones Copreras y la Asociación de Cafeticultores Independientes; de esta fusión surge la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria (ACNR), movimiento armado cuya primera acción es rescatar de inmediato a Genaro Vázquez de la cárcel de Iguala. Un año más tarde, la ACNR opera en las montañas de Guerrero con tres Comandos Armados de Liberación (CAL) y, dos años después, extiende su actividad al Distrito Federal, en donde sufre varios descalabros que habrán de culminar con su derrota.
Mientras tanto, el PdlP crea redes comunitarias en los municipios de San Jerónimo, Técpan de Galeana, Coyuca de Benítez y Atoyac de Álvarez. Con una fuerza inicial de 50 hombres, la BCA logra sortear 17 operativos militares en su contra; entre junio de 1972 y septiembre de 1974 sus emboscadas causan unas 150 bajas al ejército federal sin costo en vidas guerrilleras. El primer golpe a la BCA ocurre con una batalla que dura dos días, el 29 y el 30 de noviembre de 1974, y ocasiona sus primeras siete bajas; el mismo 30 de noviembre, son abatidos 17 combatientes más de la BCA con otra batalla en la que intervienen cinco mil soldados y policías. Un grupo restante de 21 guerrilleros combate noche y día cercado hasta que Lucio Cabañas cea el 2 de diciembre. Las tropas castrenses y paramilitares arremeten entonces contra la población civil y, entre 1974 y 1978, desaparecen a 348 personas, aunque la BCA nunca pasó de 240 integrantes; sus guerrilleros fijos siempre fueron alrededor de 50 y los demás eran transitorios, según la organización rotativa de las bases de apoyo en el PdlP.
No hay explicación histórica de que Lucio Cabañas y Genaro Vázquez actuaran siempre por separado. Antes de pasar a la lucha armada, ambos experimentan casi una década en los movimientos populares. El PdlP y su BCA estarán activos de 1967 a 1974 en las montañas, con la Costa Grande como bastión de sustento, mientras que la ACNR y sus CAL lo estarán entre 1968 y 1972 también en las montañas, con una zona de influencia que se desplaza de la Costa Grande a la Costa Chica y al Distrito Federal.
El ejército de Lucio Cabañas deja en libertad a todos los soldados que toma como prisioneros, no sin antes explicarles en sesiones didácticas o doctrinarias las causas de su movimiento, a diferencia del ejército federal, que secuestra indiscriminada y arbitrariamente a todos los sospechosos de apoyar a la guerrilla, los interroga con torturas y después los entierra vivos en fosas comunes o los arroja desde aviones o helicópteros al mar, una forma de desaparición forzada muy común entre las dictaduras de los años setenta en América Latina, incluida la "dictadura perfecta" (Vargas Llosa dixit).
Durante esa década, en los retenes militares es secuestrado también un indeterminado número de personas que serán desaparecidas y una de las cuales es Rosendo Radilla Pacheco, profesor rural que había sido presidente municipal de Atoyac y componía canciones que hablan de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez; ilegalmente detenido el 25 de agosto de 1974, es visto con vida por última vez en el Cuartel Militar de Atoyac y la suya es una de las más conocidas y representativas desapariciones forzadas de aquellos años en México, entre otras causas, porque su expediente ha sido turnado a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que inicia un juicio el pasado 7 de julio contra el "gobierno" mexicano por negarse a procurar justicia en este caso; proceso que se suma al que está en curso desde antes por los asesinatos y las desapariciones de mujeres secuestradas y torturadas principalmente en Ciudad Juárez, Chihuahua, otro caso monstruoso de impunidad.
En 1973, diez organizaciones de guerrilla urbana integran en una finca de Guadalajara, Jalisco, la agrupación más importante de su tipo en México, la llamada Liga Comunista 23 de Septiembre, que llega a tener unos tres mil militantes básicamente allí, en la capital tapatía, cuna del tequila y el mariachi, así como en Monterrey, capital de Nuevo León, y el Distrito Federal, capital del país; para finales de 1974, sin embargo, han muerto unos mil de ellos y alrededor de 600 están presos o desaparecidos. La cacería represiva en las ciudades es más discreta que en las zonas rurales, pero no menos implacable, sádica y criminal.
Toda la barbarie que termina con los movimientos armados (más bien los extermina) o los obliga a una clandestinidad absoluta para reaparecer muchos años después, es conocida por el "gobierno del cambio" de piel y en particular por su Fiscalía Especial, creada para investigar los crímenes cometidos por el Estado en ese contexto y decidir, al fin y al cabo, que nadie tiene culpa ni responsabilidad alguna, que los desaparecidos se han ido a otro planeta, en donde viven mejor, y tiene razón Enrique Krauze, el "historiador" que recomienda la amnesia, borrón y cuenta nueva, para empezar desde cero y sin rencores, con una "memoria" limpia, la «transición democrática» en México a una vida pletórica de felicidad y bienestar, amor y amistad, con un futuro promisorio, niños que juegan alegres y todo eso. En los hechos, esta complicidad del presente con el pasado más oscuro y sórdido, equivale a una amnistía de facto a los peores criminales de este país, porque sus atrocidades fueron y siguen siendo válidas, el tiempo las borrará de la memoria colectiva y seguirán ocurriendo, porque sigue habiendo lucha armada y sigue habiendo motivos para la lucha armada, porque el Estado hoy, tanto como ayer o más, opta por combatir los efectos en vez de atender las causas, y la «guerra sucia» no es pasado, sino presente, no ha tenido ruptura de ninguna especie, ha tenido continuidad y seguirá teniéndola... faltaba más.